domingo, 3 de noviembre de 2013

Vuelve la INVERSIÓN EXTRANJERA

En pocas economías el daño sufrido por la crisis ha sido tan grave como en la española. Y en pocas la depresión en el precio de los activos de toda naturaleza, desde los financieros hasta los inmobiliarios, ha sido tan pronunciada. Los efectos no acaban ahí: los salarios también están respondiendo a la existencia de una de las tasas de paro más altas de la eurozona y a las consecuencias de una reforma laboral que ha concedido más flexibilidad a los empresarios. Todo ello tiene lugar en un contexto de tipos de interés históricamente reducidos en la economía internacional.
Son circunstancias que favorecen el retorno de la inversión extranjera a España, incluida la inversión directa, es decir, la que se materializa en empresas ya existentes con posibilidades de ejercer control e influir en la gestión de las empresas adquiridas. La vuelta de la inversión extranjera directa, desaparecida durante los años de recesión profunda, es uno de los indicadores más esperanzadores de que la fase recesiva está tocando a su fin. Pero no solo es un síntoma; probablemente contribuirá además a reforzar la confianza empresarial y consolidar los leves indicios de recuperación.
Según acaba de declarar el ministro de Economía, la inversión extranjera directa en España alcanzó los 19.400 millones en los ocho primeros meses de este año, una cifra que duplica ampliamente la registrada en el mismo periodo de 2012. En ese renovado atractivo han influido en primer lugar la suavización de la crisis de la eurozona. Además, la situación actual de la economía española es menos amenazadora que un año atrás. También ha dado muestras de una mejora en la capacidad competitiva en los mercados internacionales de bienes y servicios, aunque también es evidente que esa mejora de la competitividad se fundamenta casi exclusivamente en la contención de los costes del factor trabajo.
No obstante, sería un error más que técnico deducir conclusiones eufóricas de este regreso del capital, puesto que las estadísticas de 2013 se comparan con uno de los periodos más aciagos en la historia económica de las últimas décadas. La conclusión más prudente es considerar la vuelta de los capitales extranjeros como una base de partida sólida para 2014.
La adquisición de empresas españolas a buen precio debe analizarse además de acuerdo con otro tipo de cautelas. En algunos casos, como ocurre con la compra de la participación de Repsol en Gas Natural por parte del grupo chino Sinopec, se trata de sociedades estratégicas sobre las que pesa la responsabilidad de suministrar energía a los ciudadanos. No se trata de limitar discrecionalmente los movimientos de capital, sino de entender que en algunos mercados continentales (como el alemán, el francés o el italiano) las redes energéticas están cuidadosamente protegidas bien por el capital estatal, bien por una red nacional de capital privado bien coordinada con el Estado.

miércoles, 14 de agosto de 2013

El Valor de La Especulación

La Especulación: El cancer de la Economía

La Especulación, en cualquiera de sus formas ya sea financiera o inmobiliaria, sobre alimentos, materias primas, agua o deuda pública, etc, constituye una de las mayores lacras sociales. Sabemos que la Especulación no produce más que dinero y que el dinero...no se come. Sabemos que alimenta y retroalimenta la subida de los precios, la inflación y las burbujas que son, precisamente, lo único que la especulación persigue.
Propongo la erradicación de TODA FORMA DE ESPECULACIÓN, llegando incluso a tipificarla como DELITO.
Propongo que se impida que las viviendas permanezcan cerradas y sin uso. Esta medida abaratará los precios de las viviendas y de los alquileres hasta su justo precio, no como el actual que es inaccesible para quienes verdaderamente las necesitan.
Propongo que, para evitar que los solares permanezcan sin edificarse, simplemente, se aplique la vigente Ley del Suelo donde están perfectamente reguladas las formulas para evitar la especulación con el suelo. Esta ley nació, entre otras razones, para evitar la especulación. Exijamos su aplicación. Exijamos responsabilidades a quienes, debiendo aplicar la ley, miran para otro lado. Esta medida evitará que el precio del suelo sea absurdamente tan alto, llegando a multipicar varias veces el coste de las obras.

martes, 28 de mayo de 2013

Los Paises que Mejoran : Establecen rangos morales claros


Por que Fracasan las Naciones

Por qué fracasan las naciones

LIBROEs el libro de economía más destacado este año. Elogiado por varios premios Nobel, explica por qué hay países muy ricos y otros muy pobres y dónde está la clave del éxito. Los autores incluyeron el caso de Colombia. ¿Cuál es la conclusión?

Por qué fracasan las naciones. Los autores James Robinson y Daron Acemoglu argumentan que la política es el factor más determinante del desarrollo y el progreso de las naciones. De las instituciones políticas fuertes depende la capacidad de generar economías que crezcan y ofrezcan bienestar para todos.
Los autores James Robinson y Daron Acemoglu argumentan que la política es el factor más determinante del desarrollo y el progreso de las naciones. De las instituciones políticas fuertes depende la capacidad de generar economías que crezcan y ofrezcan bienestar para todos.
Dos destacados economistas, Daron Acemoglu, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), y James Robinson, profesor de Gobierno en la Universidad de Harvard, están sorprendiendo al mundo con su libro Why Nations Fail (Por qué fracasan las naciones).

Los comentarios en la prensa especiali
zada no podrían ser más elogiosos. "Este es un libro intelectualmente rico, que debe ser leído ampliamente", dijo el Financial Times. "Es una pieza espléndida de la erudición y una muestra de rigor económico", comentó The Wall Street Journal. "Este libro va a cambiar la forma de pensar acerca de la riqueza y la pobreza de las naciones", anotó Bloomberg Business, y como una "obra maestra" lo calificó The Washington Post.

Igual fascinación ha despertado entre varios premios Nobel de Economía, que lo han considerado un texto muy original. George Akerlof, que compartió el Premio Nobel de Economía en 2001, dijo que en los próximos dos siglos esta obra seguirá siendo de lectura obligada.

La verdad es que el origen del fracaso de los países y las diferencias en el desarrollo es un tema que de tiempo atrás ha inquietado a los economistas. Muchos han tratado de explicar por qué hay países más prósperos que otros, cuál es la receta para salir del subdesarrollo y la pobreza y cómo romper el nudo que impide que todos los ciudadanos de un mismo país disfruten de similares condiciones de bienestar.

Lo interesante de Acemoglu y Robinson es que, desde la órbita de la economía, la historia y la política, han esbozado nuevas tesis que rompen con muchos argumentos que se han usado en el pasado para dar respuesta a los anteriores interrogantes. Los autores desprecian las historias que señalan que las diferencias entre ricos y pobres surgen de factores culturales, geográficos, o de la ignorancia.

Robinson, que también es profesor de verano de la Universidad de los Andes, afirmó en diálogo con SEMANA que muchas veces la gente piensa que la geografía juega a favor o en contra del éxito. Que las montañas, que la lejanía de la costa o que el clima determinan la prosperidad. O que los factores culturales hacen que haya pueblos más avanzados que otros.

Nada más equivocado. Para refutar estos populares argumentos, los autores hacen un análisis histórico y se remontan a las épocas colonialistas. Con varios ejemplos, desde Sierra Leona y Egipto en África, pasando por Gran Bretaña, China, Colombia, Latinoamérica y Estados Unidos, concluyen que las instituciones y las reglas del juego que se deben mantener a lo largo de los años determinan que haya naciones más prósperas que otras.

La tesis principal del libro es que el futuro de las naciones depende de la forma como los pueblos organizan sus sociedades. Además muestra que, aunque las instituciones económicas son esenciales, las politicas son las más determinantes.

En este sentido, el libro concluye que las naciones fallan porque sus instituciones son débiles y "extractivas", es decir, son excluyentes: privilegian a unos grupos de la sociedad por encima de otros y concentran el poder en una élite que actúa para su propio beneficio.

Según los autores, estas estructuras no crean los incentivos necesarios para que la gente ahorre, invierta, se eduque, innove y acceda a nuevas tecnologías. La forma como se organiza el poder estaría siempre en la raíz del fracaso.

La importancia de las instituciones políticas radica en que de ellas depende la capacidad de los ciudadanos para controlar e influir y sacar provecho propio. Si son fuertes e incluyentes, impiden que haya personas que abusen del poder para amasar sus propias fortunas y llevar a cabo sus propias agendas en perjuicio del resto de la sociedad.

Hay ejemplos a montones que corroboran esta tesis. Por ejemplo, Acemoglu y Robinson se preguntan por qué Egipto es pobre, y encuentran la respuesta en que esta nación ha sido gobernada por una élite estrecha que ha organizado la sociedad para su propio beneficio, a expensas de la mayoría de la población.

Otro ejemplo que menciona el libro para ilustrar cómo actúan estas fuerzas de poder es el caso del magnate mexicano de las telecomunicaciones Carlos Slim y la forma como se convirtió en el hombre más rico del mundo. "Slim ha hecho su dinero en la economía mexicana, en gran parte, gracias a sus conexiones políticas. Cuando se ha aventurado en los Estados Unidos, no ha tenido éxito".

En contraste, Gran Bretaña y Estados Unidos se hicieron ricos porque sus ciudadanos derrotaron a las élites que controlaban el poder y crearon una sociedad en la que los derechos políticos fueron mucho más ampliamente distribuidos, donde el gobierno era responsable y sensible a los ciudadanos y donde la mayor parte de las personas podrían beneficiarse de las oportunidades económicas.

Un punto fundamental es la capacidad del Estado para regular y gobernar la sociedad e impedir que se concentre el poder y la riqueza en manos de pocos. Solo con instituciones políticas inclusivas, esto es, que protejan la propiedad privada, estimulen la innovación emprendedora y generen incentivos para todos por igual, se puede salir del subdesarrollo. Es decir, de cómo se organice la política dependerá cómo funciona la economía.

En síntesis, como dijo Dani Rodrik, de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard, después de leer el libro, Acemoglu y Robinson explican la razón de la desigualdad de los países con una frase sencilla pero contundente: "¡Es la política, estúpido!".

Reflexiones para Colombia
Los autores le dan una mirada a Colombia y plantean también importantes reflexiones. Aunque señalan que en muchos aspectos las instituciones económicas y políticas se han vuelto más inclusivas a través del tiempo, todavía persisten elementos de lo que denominan instituciones extractivas.

Según Robinson, la debilidad del Estado central colombiano es un grave problema, pues le impide controlar todo el territorio y, como consecuencia, en una parte del país la ley está ausente. No es de extrañar entonces, dice, que hayan florecido organizaciones como los narcotraficantes, el paramilitarismo y la guerrilla.

Por ejemplo, la ausencia de control explica el poder de los paramilitares en muchas zonas y su relación simbiótica con los políticos y la influencia que pueden tener cuando hay elecciones.

Robinson dice que tener el rótulo de ser una de las democracias más antiguas no ha servido para garantizar igualdad para todos. Hace énfasis en que, aunque el Estado es capaz de proporcionar servicios y seguridad en las grandes zonas urbanas, hay sectores donde los vacíos son notorios. "En algunas partes del país, las instituciones económicas funcionan bastante bien y hay altos niveles de capital humano y habilidad empresarial, pero, en otras, las instituciones muestran un grado mínimo de autoridad estatal".

El hecho de que el país se mantenga como una de las naciones más desiguales de América Latina es muestra de que no ha logrado tener instituciones económicas y políticas fuertes para adelantar los cambios necesarios. Hay varios ejemplos que cita el economista: no se ha logrado tener un régimen tributario más equitativo y justo. Otra muestra de debilidad nacional es que ningún gobierno ha logrado mejorar la infraestructura del país, que colapsa con cada invierno. Por otro lado, preocupa que Colombia parece estar más interesada en estimular la explotación minero-energética que en invertir en educación, tecnología e innovación.

Si bien los autores llegan a la conclusión de que Colombia no es un Estado fracasado ni está a punto de colapsar, sugieren que lograr un crecimiento económico sostenido es muy poco probable. Suena bastante pesimista, pero, como dice Robinson, es posible cambiar, aunque no sea fácil. El libro podría ser una buena guía para corregir el rumbo.

Por que Fracasan Las Naciones: Las Élites Extractivas

¿Por qué algunas naciones son más prósperas que otras? Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) tienen la misma población, cultura y situación geográfica. ¿Por qué una es rica y la otra, pobre? ¿Por qué los egipcios llenaron la plaza de Tahrir para derrocar a Hosni Mubarak? Por qué fracasan los países se propone responder a estas preguntas, con una nueva teoría convincente y documentada: no es por el clima, la geografía o la cultura, sino por las instituciones de cada país. A través de una gran cantidad de ejemplos históricos y actuales (desde la antigua Roma pasando por los Tudor y llegando a la China moderna) los profesores Daron Acemogluy y James A. Robinson demuestran que para invertir y prosperar, la gente necesita saber que si trabajan duro, se puede ganar dinero y, sobre todo, conservarlo. Ahí es donde entran en juego unas instituciones sanas y en las que poder confiar. Además los autores mezclan en este libro economía, política, historia y temas de actualidad para ofrecer una forma nueva, poderosa y persuasiva de entender todos los porqués de la riqueza y la pobreza.

jueves, 9 de mayo de 2013

STEVE INGHAM | PRESIDENTE DE MICHAEL PAGE INTERNATIONAL | CARRERAS & CAPITAL HUMANO


STEVE INGHAM | PRESIDENTE DE MICHAEL PAGE INTERNATIONAL | CARRERAS & CAPITAL HUMANO

"20 años en la empresa no te aseguran nada"

BERNAT GARCÍA 19 JUL 2009
Michael Page era un contable del Reino Unido de los años setenta. Trabajaba con muchas empresas de contratación hasta que acabó desquiciado con ellas. Tanto, que fundó una. Casi 40 años después, la firma Michael Page International se ha convertido en uno de los mayoreshead hunters [cazatalentos] del mundo, especializada en personal altamente cualificado.
Steve Ingham, su presidente, empezó también allí de intermediario y comparte con su maestro que muchas de estas firmas sólo piensan en sacar tajada de las operaciones. "Empecé en el grupo hace 22 años como consultor. La gente que entonces coloqué se ha convertido ahora en mis clientes; directivos, presidentes y consejeros. Si me hubiera guiado por las comisiones, estas personas ya no me hablarían y mi negocio no existiría".

"La crisis ha vuelto más exigentes a las empresas. Si pagan, quieren el mejor"
Ingham parece un hombre afable y enérgicamente sonriente. En su visita a las oficinas del grupo en Madrid le sigue un séquito de cargos regionales que hacen entrever que este británico, además de agradar, manda. Su charla descubre la ambición empresarial, por un lado, y la nostalgia de la tradición, por otro. "Nuestra empresa crece orgánicamente, sin adquisiciones ni grandes inversiones. No nos endeudamos. Lo que ganamos, lo metemos en el banco", explica. Y los que ahora son altos directivos del grupo empezaron desde abajo, como él.
Ahora triunfan con un nuevo perfil bastante polémico. Michael Page ofrece directores de recursos humanos o de marketing para un proyecto temporal, de unos seis meses, los interim managers. Es polémico porque muchos de los contratados tienen una función básica: reestructurar la empresa y despedir a los que haga falta.
Ellos sólo se ajustan a las necesidades del demandante, no las crean. De todas formas, hoy día, "para tener el puesto asegurado en la empresa hay que ser bueno. Ya no vale, como antes, haber trabajado durante 10 o 20 años", responde. Y es una opción cada vez más apetecible para los directivos: Trabajar la mitad del año y sacar un buen sueldo.
Para Ingham, la crisis no ha variado excesivamente el perfil requerido: "No es que ahora las empresas prefieran directivos más agresivos o más prudentes, simplemente los quieren mejores". Cuenta que en los años noventa, las empresas tenían mucha más "grasa": más empleados, pero menos cualificados. Hubo una gran ola de despidos y ahora los empresarios buscan menos gente, pero más cualificada.
Y la mujer del César no sólo debe serlo, sino también parecerlo. "Muchos de los directivos no preparan su entrevista de trabajo. Y es lo más decisivo". Para Ingham, es habitual que altos cargos que llevan 20 años sin solicitar un empleo no sepan cómo hacerlo. "Es importante saber qué te van a preguntar. Muchos llegan y les preguntan cuáles son sus fuertes. El entrevistado se queda en blanco", cuenta.
Además, hay que ser positivo. Si le preguntan por qué ya no está en la empresa, no vale soltar un simple "me han despedido". Debemos responder que el grupo quería invertir en otros sectores o que llevó a cabo una reestructuración. Y que, de todas formas, estamos deseosos de probar en otros sectores.
El mayor daño que está sufriendo Michael Page en la crisis es que la gente no busca trabajo. "Empresas como la nuestra viven del movimiento de puestos, gente que quiera cambiar de empleo. Si no lo hacen, no ganamos", revela Ingham. Éste es su mejor medidor para dilucidar el fin de la crisis, cuando se le pregunta. Ahora los empleados no quieren perder su puesto. "Cuando el empleado empiece a asquearse, a decir, 'odio a mi jefe' o 'mi trabajo y quiero cambiar de trabajo', entonces significará que la economía se está recuperando.

domingo, 28 de abril de 2013

La solución del 1%, de Paul Krugman en Negocios de El País


La solución del 1%, de Paul Krugman en Negocios de El País

OPINIÓN
Los debates económicos rara vez terminan con un KO técnico. Pero el gran debate político de los últimos años entre los keynesianos, que abogan por mantener y, de hecho, aumentar el gasto público durante una depresión, y los austerianos, que exigen recortes inmediatos del gasto, se acerca a ello, al menos en el mundo de las ideas. En estos momentos, la postura austeriana ha caído por su propio peso; no solo es que sus predicciones sobre el mundo real fuesen completamente erróneas, sino que la investigación académica que se invocaba para respaldar esa postura ha resultado estar plagada de equivocaciones, omisiones y estadísticas dudosas.
Aun así, sigue habiendo dos grandes preguntas. La primera: ¿cómo llegó la doctrina de la austeridad a ser tan influyente en un primer momento? Y la segunda: ¿cambiarán en algo las políticas ahora que las principales afirmaciones austerianas se han convertido en carnaza para los programas de humor de madrugada?
Sobre la primera pregunta: la preponderancia de los austerianos en los círculos influyentes debería inquietar a cualquiera a quien le guste creer que la política se basa en hechos reales o, incluso, que está muy influida por ellos. Después de todo, los dos principales estudios que ofrecen la supuesta justificación intelectual de la austeridad —el de Alberto Alesina y Silvia Ardagna sobre la “austeridad expansiva” y el de Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff sobre el peligroso “umbral” de la deuda, situado en el 90% del PIB— tuvieron que enfrentarse a críticas devastadoras nada más publicarse.
Y los estudios no resistieron un análisis pormenorizado. Hacia finales de 2010, el Fondo Monetario Internacional (FMI) refundió el estudio de Alesina y Ardagna con datos mejores e invalidó sus hallazgos, mientras que muchos economistas plantearon dudas fundamentales sobre el de Reinhart y Rogoff mucho antes de que conociésemos el famoso error de Excel. Por otra parte, los acontecimientos del mundo real —el estancamiento en Irlanda, que fue el primer modelo de austeridad, la caída de los tipos de interés en Estados Unidos, que se suponía que iba a enfrentarse a una crisis fiscal inminente— rápidamente convirtieron las predicciones austerianas en sandeces.
Sin embargo, la austeridad mantuvo e incluso reforzó su dominio sobre la opinión de la élite. ¿Por qué?
Parte de la respuesta seguramente resida en el deseo generalizado de ver la economía como una obra que ensalza la moral y las virtudes, de convertirla en un cuento sobre el exceso y sus consecuencias. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, cuenta la historia, y ahora estamos pagando el precio inevitable. Los economistas pueden explicar hasta la saciedad que esto es un error, que la razón por la que tenemos un paro tan elevado no es que gastásemos demasiado en el pasado, sino que estamos gastando demasiado poco ahora y que este problema puede y debería resolverse. Da igual; muchas personas tienen el sentimiento visceral de que hemos pecado y debemos buscar la redención mediante el sufrimiento (y ni los argumentos económicos ni la observación de que la gente que ahora sufre no es en absoluto la misma que pecó durante los años de la burbuja sirven de mucho).
Pero no se trata solo del enfrentamiento entre la emoción y la lógica. No es posible entender la influencia de la doctrina de la austeridad sin hablar sobre las clases y la desigualdad.
A fin de cuentas, ¿qué es lo que quiere la gente de la política económica? Resulta que la respuesta depende de a quién preguntemos, una cuestión documentada en un reciente artículo de investigación de los politólogos Benjamin Page, Larry Bartels y Jason Seawright. El artículo compara las preferencias políticas de los estadounidenses corrientes con las de los muy ricos y los resultados son reveladores.
Así, al estadounidense medio le preocupan un poco los déficits presupuestarios, lo cual no es ninguna sorpresa dado el constante aluvión de historias de miedo sobre el déficit en los medios de comunicación, pero los ricos, en su inmensa mayoría, consideran que el déficit es el problema más importante al que nos enfrentamos. ¿Y cómo debería reducirse el déficit presupuestario? Los ricos están a favor de recortar el gasto federal en asistencia sanitaria y la Seguridad Social —es decir, en “derechos a prestaciones”—, mientras que los ciudadanos en general quieren realmente que aumente el gasto en esos programas.
Han captado la idea: el plan de austeridad se parece mucho a la simple expresión de las preferencias de la clase superior, oculta tras una fachada de rigor académico. Lo que quiere el 1% con los ingresos más altos se convierte en lo que las ciencias económicas dicen que debemos hacer.
¿Realmente redunda en interés de los ricos una depresión prolongada? Es dudoso, dado que una economía próspera suele ser buena para casi todo el mundo. Lo que sí es cierto, sin embargo, es que los años transcurridos desde que tomamos el camino de la austeridad han sido pésimos para los trabajadores, pero nada malos para los ricos, que se han beneficiado del aumento de los rentdimientos y de los precios de las acciones aun cuando el paro a largo plazo empeora. Puede que el 1% no desee realmente una economía débil, pero les está yendo lo bastante bien como para dejarse llevar por sus perjuicios.
Y esto hace que uno se pregunte hasta qué punto cambiará las cosas el hundimiento intelectual de la postura austeriana. En la medida en que tengamos una política del 1%, por el 1 % y para el 1 %, ¿no seguiremos viendo únicamente nuevas justificaciones para las viejas políticas de siempre?
Espero que no; me gustaría creer que las ideas y los hechos importan, al menos un poco. De lo contrario, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Pero supongo que veremos qué grado de cinismo está justificado.
Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de 2008